Por Bruno Bimbi Twitter: @bbimbi / Facebook: Bruno Bimbi. Periodista.


En la ciudad de Gante, capital de la provincia de Flandres Oriental, en Bélgica, la escuela Freinetschool De Boomgaard fue noticia a fines de mayo por celebrar un matrimonio civil entre dos niños varones: Titus y Otto. La ceremonia, que se realizó en la monumental capilla para bodas de la ciudad, fue filmada y salió en televisión: vestidos especialmente para la ocasión y usando sombreros, los niños dieron el sí ante la funcionaria municipal Sofie Bracken e intercambiaron “pulseras de la amistad” frente a sus compañeritos y maestros, que hicieron de testigos. Después se abrazaron, mientras el resto de la clase celebraba con alegría, salieron a la calle juntos y se sacaron fotos, como cualquier pareja de recién casados. En vez de arroz, los demás chicos les arrojaban pompas de jabón.

El matrimonio, sin embargo, no era de verdad. Los chicos de esa edad no se pueden casar en Bélgica y estos en particular tampoco son novios en la vida real, ni siquiera “novios” con el significado que esa palabra tiene para dos niños.

La escuela celebra este tipo de bodas todos los años, como una forma de que los chicos aprendan, jugando, los usos y costumbres de la sociedad en la que viven, pero, hasta ahora, los novios habían sido siempre un niño y una niña. Este año, sin embargo, Titus y Otto, su mejor amigo, preguntaron si podían casarse ellos. La escuela, como muchas otras de esa ciudad, sigue la filosofía del pedagogo francés Célestin Freinet: los alumnos colaboran con los profesores para establecer su plan de estudio, toman decisiones juntos después de debatirlas en grupo y no estudian nada de memoria, sino construyendo hipótesis e investigando, planteándose objetivos y trabajando para alcanzarlos. Cuando Titus y Otto dijeron que querían protagonizar la boda de este año, a nadie le pareció mal.

¿Por qué no?, respondió la maestra Lies Van Maldergem, quien luego explicó a los medios que la entrevistaron que esto no tenía nada que ver con la sexualidad de los chicos, sino con el aprendizaje de una costumbre importante en nuestras vidas. Al final, las “parejas” que se habían casado en los años anteriores tampoco eran parejas de verdad y nadie sabe si, cuando crezcan, se casarán con alguien de su mismo sexo o del sexo opuesto. La boda era un juego y, al mismo tiempo, una forma de aprender qué es el matrimonio — y en Bélgica, que dos hombres o dos mujeres se casen hace rato que no es novedad. En 2003, hace ya trece años, ese país fue el segundo en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo, después de su vecina Holanda, y también fue, entre 2011 y 2014, el segundo país con un jefe de gobierno abiertamente gay, el ex primer ministro Elio Di Rupo.

Antes de Di Rupo, el primer país con una mandataria homosexual había sido Islandia, que en 2009 eligió como primera ministra a Jóhanna Sigurðardóttir, durante cuyo gobierno también fue aprobado, por unanimidad en la votación del parlamento, el matrimonio igualitario. Y en su primer día de vigencia, la primera ministra se casó con su pareja, la escritora y periodista Jónína Leósdóttir. Viene al caso recordarlo porque, al igual que sucede ahora con la boda simulada entre Titus y Otto en esta escuela belga, la elección de la “primera jefa de gobierno lesbiana del mundo” fue una noticia que sorprendió a todo el mundo menos a los habitantes de Islandia, donde los medios locales casi no comentaban el tema, porque para ellos, la orientación sexual de Sigurðardóttir no tenía la más mínima relevancia. A nadie le importaba, en ese país, si Jóhanna dormía con hombres o con mujeres; lo que querían saber era cuál era su programa de gobierno, sus propuestas, su trayectoria política, su formación, sus ideas, su conducta pública.

La misma naturalidad para tratar de lo que en otras partes del mundo sería escandaloso puede verse en lo que dijeron a los diarios belgas los maestros y las familias de los chicos que se “casaron” en la ceremonia organizada por la escuela de la calle Bommelstraat. “Estaban muy emocionados. No han hablado de otra cosa durante semanas”, le dijo la mamá de Otto al diario Het Nieuwsblad. “Fue una experiencia divertida, algo que recordarán cuando sean mayores y decidan casarse, sea con un hombre o con una mujer”.

Así de simple.

En el canal de televisión belga TV OOST, que filmó el “matrimonio” de los chicos, el título de la noticia fue: “Entrañable: dos chicos dan el sí”. Nada de “polémico”, como les gusta decir a los medios argentinos, sino “entrañable”, el mismo adjetivo que usamos aquí, aunque probablemente la expresión cause más sorpresa en un medio argentino, a pesar de todo lo que avanzamos en los últimos años. “Una señal agradable para todos los compañeros de clase y, por extensión, para todos los seres humanos, para mostrar que los hombres pueden casarse con otros hombres”, dice el breve texto que acompaña el video. Fue noticia, claro, porque era la primera vez que la boda escolar la protagonizaban dos varones, pero lo que los medios belgas destacaron fue que estaba muy bien, que era un ejemplo que la diversidad se asumiera con naturalidad desde esa edad. ¿Y por qué debería ser diferente? Es probable que para algunos lectores lo sea —inclusive, sí, para algunos lectores de este blog—, por eso me parece importante que nos cuestionemos los motivos.

Estoy seguro de que la inmensa mayoría de las personas que se horroriza por una noticia como esta (“¡Cómo es posible que hayan hecho eso en una escuela, con niños!”) no vería nada de malo, nada preocupante y mucho menos se horrorizaría si, como todos los años anteriores, el juego hubiese sido un casamiento entre un niño y una niña. El horario de protección al menor no vale igual para ambos casos, porque cuando piensan “homosexual”, en realidad solo piensan “sexual” y, cuando piensan “heterosexual”, piensan apenas “hétero”, o directamente nada. Como dice el intelectual brasileño Tomaz Tadeu da Silva, “es la sexualidad homosexual la que se ‘sexualiza’, no la heterosexual”, del mismo modo que ser blanco no es considerado una identidad racial: los blancos no tienen color, son transparentes. En palabras de Da Silva, “la fuerza de la identidad ‘normal’ es tal que ella ni siquiera es vista como una identidad, sino simplemente como la identidad”, y es, por ello, invisible. El príncipe y la princesa de los cuentos infantiles no son heterosexuales, simplemente son un príncipe y una princesa, pero si fueran dos príncipes, algunos reaccionarían como si, en vez de un cuento infantil, fuera una película pornográfica gay.

Dicho de otra forma: si una escuela propone como juego que un niño y una niña se casen, lo que les está enseñando a sus alumnos es, apenas, qué es el matrimonio, pero si el juego consiste en un casamiento entre dos niños o dos niñas, parece que se estuviera enseñando la homosexualidad, y no “enseñando” en términos de definición, sino de adoctrinamiento: “inculcando la homosexualidad”, con acento en el sexo, como si el juego de casarse fuera más “sexual” en ese caso.

Esto también es así porque se parte de la equivocada idea de que todos los niños son, sin excepción, futuros heterosexuales en estado puro y que cualquier información que reciban sobre la homosexualidad —aun cuando ni siquiera esa palabra sea mencionada— puede desviarlos de ese camino “natural”, generarles una duda, influenciarlos, corromperlos. Pero no es así. Gays y lesbianas no nacemos adultos: ¡también tuvimos infancia! Y durante toda nuestra infancia fuimos sistemáticamente “influenciados” por la constante “propaganda” heterosexual, que incluía el “ejemplo” de la mayoría de nuestros familiares y amigos, el tío o la tía que nos preguntaba si ya teníamos novia, los personajes de los cuentos infantiles, los dibujitos animados, los videogames, el cine, la música, el teatro, la televisión y hasta los ejemplos de cada ejercicio de la escuela. Sí, inclusive las oraciones para hacer análisis sintáctico en las clases de lengua venían en la forma “Pedrito ama a María”, jamás en la forma “Pedrito ama a Rodrigo” o “María ama a Lorena”. Y, sin embargo, todo ese silencio sobre la diversidad sexual y esa educación heteronormativa sistemática y cotidiana —y todos los prejuicios, chistes homofóbicos, burlas, ofensas, bullying, y a veces violencia física que presenciábamos o, a partir de cierta edad, sufríamos— no nos “hicieron” heterosexuales. Nos hicieron sufrir, apenas, pero no nos hicieron cambiar. No podrían.

Del mismo modo, ningún chico o adolescente con orientación heterosexual se va a “hacer gay” si en algún cuento infantil el príncipe se casa con otro príncipe o la princesa con otra princesa, si Clark Kent se enamora de Jimmy Olsen y no de Lois Lane, si Batman y Robin deciden salir del armario, si ven a dos hombres o dos mujeres dándose un beso en televisión o en la parada del colectivo o si en una prueba de lengua, la oración para analizar sintácticamente dice que “Pedrito ama a Rodrigo”.

Tampoco si, para aprender qué es un matrimonio, uno de los posibles ejemplos —inclusive con una ceremonia simulada como la de la escuela belga— es un casamiento entre dos alumnos del mismo sexo.

Lo que sí puede pasar, si la escuela y la familia educan para la celebración de la diversidad y contra el prejuicio, es que ese chico gay —sepa o no sepa ya que lo es— no comience a odiarse a sí mismo, no tenga vergüenza o miedo, no se esconda, no sufra. Que viva su niñez, su adolescencia y su juventud como cualquier otro y llegue a la adultez sin traumas causados por la violencia y los prejuicios de los demás. Y, del mismo modo, que ese chico hétero no comience practicando bullying contra su compañero gay en la escuela y, al crecer, no se transforme en un adulto prejuicioso y lleno de odio, miedo o repulsa contra los que no son como él, contra los que simplemente aman distinto.

Ojalá mi escuela hubiese sido así.



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