Iglesias, sexodiversidad y derechos humanos (I)

Quienes reaccionan contra los derechos de la comunidad sexodiversa atendiendo a dogmas religiosos o a supuestos principios bíblicos arguyen que la aprobación de una legislación que permita legitimar la unión entre parejas de igual sexo constituiría un atentado a la familia. Detrás de este argumento está el concepto que supone a la familia como una comunidad sagrada. Lo primero que tenemos que plantearnos cuando asumimos el rescate de la familia como valor de la comunidad humana es el concepto que manejamos. El matrimonio que da lugar a la familia heterosexual, si bien es un estado, eventualmente,  bendecido por las iglesias, no es necesariamente una institución sagrada. El matrimonio es parte de un ordenamiento civil positivo que fue ordenado por Dios para aquellas personas que desean vivir una relación de amor. No siempre la familia ha sido un espacio libre de violencia, abuso y falta de respeto. Muchas veces las familias heterosexuales han sido estructuras para consolidar modelos patriarcales, reafirmación del machismo, de inequidad de género y opresión; y en este extravío, las instituciones religiosas han jugado un lamentable papel. Hoy es necesario tener una aproximación realista, crítica, no dogmática al tema y reconocer la existencia de una variedad de situaciones que pueden ser consideradas dentro del concepto de familia. Lo que sí debe quedar claro es que, finalmente, es el amor que hace sagrado o no una relación de familia ¿Es posible aplicar este principio universal que es el amor a las relaciones sexodiversas? Esta pregunta-escándalo dentro del cerrado mundo de las iglesias es parte del debate que se da en el ámbito de las sociedades modernas y colocan en trance nuestros dogmas e interpretaciones bíblicas literalistas.  ¿Hay lugar en las iglesias que proclaman el perdón y la salvación por la gracia para un debate honesto, abierto, sin prejuicios sobre el tema, o solo condenas?


Iglesias, sexo diversidad y derechos humanos (II) 


Hace pocos días, mientras me trasladaba en un autobús que cubre la ruta El Junquito-Catia, subió un caballero que se identificó como cristiano evangélico. Elevó una oración pidiendo a Dios que las palabras que iba a pronunciar fuera palabra de Dios y no de hombre, acto seguido espetó toda clase de juicios, descalificaciones  y condenas contra lesbianas, gays, bisexuales, transexuales e intersexuales. Antes de bajar se identificó como miembro de una de las iglesias evangélicas de Catia. La campaña, alentadas a veces por los propios pastores, contra quienes tienen una orientación sexual distinta a la aceptada por los patrones sociales machistas y patriarcales, nada tiene de bíblico ni de cristiano; por lo contrario, contradicen el mensaje de amor, inclusión, reconciliación y perdón que predicó el carpintero de Nazaret. En el pasado, la comunidad evangélica sufrió discriminación y exclusión a causa de sus ideas religiosas, distintas a las tradicionales. Esta situación ha cambiado, ese sector social ha madurado y sus organizaciones gozan del respeto de la comunidad y de las instituciones del Estado. Pero, frente al delicado problema de las opciones sexuales atípicas, sorprende ver resurgir tanto oscurantismo. Quizás es hora de que esa dirigencia religiosa se plantea con honestidad algunas interesantes preguntas: ¿Estamos orientando correctamente a nuestras comunidades para abordar con una actitud madura el tema de las orientaciones sexuales no tradicionales? ¿Corremos el peligro, en nombre de la fe, de estar atizando la campaña de odio, discriminación y homofobia que por años ha sufrido la comunidad sexodiversa? No es suficiente con hacer arrogantes llamados al arrepentimiento a los miembros de la comunidad lgbti, como quien se cree con el derecho a lanzar la primera piedra. No es suficiente con declarar que no se es homofóbico, hay que probarlo.


Iglesias, sexo diversidad y derechos humanos (III) 


Algunas iglesias (católicas y evangélicas), echando manos de dogmas e interpretaciones literalistas del texto bíblico, cierran filas para frenar la aprobación del Anteproyecto de Ley del Matrimonio Civil Igualitario en Venezuela defendido por la comunidad sexodiversa, con el argumento de que tratan de proteger la institución de la familia. Frente a estas posiciones cabe preguntarse si las iglesias y los religiosos tenemos derecho a imponer normas moralistas propias del ámbito religioso a la sociedad civil. Ciertamente, en las enseñanzas de Jesús y su clara opción por los marginados sociales de su tiempo se puede encontrar una importante contribución para orientar las normas a aplicar en el espacio civil, pero esto nada tiene que ver con dogmas religiosos y muchos menos con interpretaciones ahistóricas y literalistas del texto bíblico. Sin embargo, una aproximación histórica-crítica a la Biblia puede ser de utilidad para distinguir entre la Palabra permanente de Dios y aquellas prácticas sociales que formaron parte del contexto cultural en el que fue escrito el texto sagrado. Esto evitaría que caigamos en el uso y abuso literal de la Sagradas Escrituras. Las iglesias, los religiosos y las religiosas en general estamos llamados a profundizar sobre el tema de la diversidad sexual sin condenas antepuestas, sin juicios previos, sin fariseísmo producto de nuestro machismo arraigado y fanatismos religioso, entendiendo que todos los seres humanos son creados a la imagen y semejanza de Dios, y deben ser respetados y afirmados en sus derechos humanos. 

Ramón Castillo: sociólogo, historiador y pastor evangélico

ramoncas@gmail.com

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